Contar de mi: ¿Cómo perderle el miedo a la autobiografía?

Contar de mi: ¿Cómo perderle el miedo a la autobiografía?

Las corrientes que impulsan los estudios de la memoria buscan contribuir al debate sobre la justicia y las voces que  han sido silenciadas. De este campo nos hablará Victoria Pérez durante la sesión 2 del diplomado en Memoria y discursos autobiográficos de LEM. En esta entrada los abordamos desde la perspectiva de Norman K. Denzin, estudioso de la memoria y la antropología.

Hoy no pienso escribir de libros: porque todos nosotros narramos algo; ni voy a explicar la novela de alguien, porque bien sé que nuestras vidas son mucho más interesantes que cualquier ficción. No, hoy no replicaré eso, lo que pienso hacer es enfrentar el miedo, porque no existe situación más terrible que ver en una misma lo que nunca notó y solo se da cuenta cuando lo ha escrito.

Pertenezco al siglo pasado, y no solo al mío, soy de los tiempos de mis abuelos y de mis padres. Soy, además, aquello que siempre me negué a ser. Soy de la época del papel, la pluma y los diarios secretos. No del blog o del instagram. Porque nací así: a puro leer y escribir, a tachones y manchas de tinta sobre la hoja en blanco, escondiendo una flor, una mosca o una carta en las libretas y ocultándome también a mí de mí, para no verme más, porque me daba miedo. Duele decir que me he equivocado, que dejé ir a alguien sin decirle te amo, que lloré cuando no había razón, que fui inútil, necia o que estuve llena de una luz que iluminó a muchos, pero me fue posible aceptarlo cuando supe que todos llevamos una historia por contar y que solo logramos sacarla cuando algo ha fragmentado nuestras existencias.

Norman K. Denzin, en Intrepretive Biography (SAGE, 1989), explica que aquello que nos ha marcado para siempre nos transforma en un antes y un después y se llama ephipany (epifanía). Yo no soy yodespués de que un médico me dijera que la enfermedad que padezco puede matarme, tú no eres tú tras darte cuenta de que la pareja que amas no te ama o de que la mujer o el hombre que te dio la vida ha muerto.

Pero tampoco somos iguales tras levantarnos un día tras otro para ir a un trabajo en el que no te recibe un “Buenos días”, sino la violencia verbal de un jefe que odia al mundo; o la sonrisa de una mujer que jamás será tuya pero te dice cada lunes, cada martes “Buenos días, doctor, qué guapo se ve hoy”. No. Cada momento de interacción nos marca como si en nuestras vidas se prendiera o se apagara una luz.

Estos momentos epifánicos, desde la perspectiva de Denzin, van moldeando nuestra identidad. También estará normado por nuestras epifanías aquello que narremos cuando tomemos una pluma y nos encerremos en el cuarto para escribir como enfermas de desesperación, o lo que escribamos desde que se pone el sol hasta que amanezca y hasta que las letras de las teclas de nuestra laptop no se lean más.

Quien nos diga que las autobiografías tienen un inicio, un clímax, un desarrollo y un final no dice lo cierto, porque las vidas no se cuentan en una secuencia cronológica ni lo incluyen todo. No. Nuestra memoria elige, junto con la emoción qué significa un suceso revivido, lo que hay que contar.

Yo no relato que nací tal día y luego fui a la escuela y luego me casé, porque mi vida no es una hoja plana en blanco, sin bordes. Cuento que me ha dolido esto o aquello, que las llagas y las cicatrices se me notan hasta en los dedos de los pies, que tantas veces me he caído que mis rodillas son del color de la chamarra roja que porto a diario, que tengo miedo de verme pero lo he logrado. Escribirse es así: verse de nuevo, convertirse en el evaluador más cruel, ponerlo en letras, callarlo, leer otra vez, decidirse, hacerlo público y decir: esta es mi autobiografía.

Porque nuestras historias se van abriendo como se abre mar, a oleadas, ahogándose y tratando de salir, respirando y tragando agua, convirtiéndose en caracol, en estrella, en pulpo que se abraza a sí mismo cuando ya no queda nadie más. Es entonces cuando nos damos cuenta de que la historia vivida no se compone de capítulos, sino de epifanías que transformaron lo que somos en un antes y un después, en monstruos que desaparecieron o en cajas de Pandora que liberaron a los fantasmas, que podemos enfrentarnos al miedo, que podemos entendernos y perdonar, y que logramos decir: “Esta soy, y esta es mi autobiografía”. En LEM sabemos que, quien se atreve a poner su vida en palabras y logra leerlas sin importar el qué dirán, o la duración, jamás vuelve a tenerle miedo a nada.

Texto publicado en El Popular (26.01.2020).

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