Escribir para convertirnos en cacto y dejar al fin que nos salgan garras

Escribir para convertirnos en cacto y dejar al fin que nos salgan garras

Coco Gutiérrez Magallanes, quien impartirá la sesión 4 del diplomado en Memoria y Discursos Autobiográficos de LEM, abrió una ventana en mi manera de escribir cuando me hizo descubrir a Gloria Anzaldúa. Para ella y para todas y todos quienes buscamos renombrarnos frente a la identidad impuesta por la historia, va este texto.  

Cuando nací, mamá grande Carmen me inspeccionó las orejas para luego pegármelas con un tape porque las tenía enormes. Buscó ahí, detrás de mi nuca, la mancha oscura, la señal defectuosa de la niña mala o peor, de la desdicha y la encontró.[1] Mi abuela presumía de nunca haber agachado la cabeza, ni en el mercado en donde se crío vendiendo pollos ni en la vida, ni cuando cruzó la frontera para trabajar en los files y en las enlatadoras de salmón. Pero yo no le aprendí nada hasta que conocí a Gloria. No sabía que mi abuela era mujer serpiente-dragona.

Qué lástima que nació m’jita tan flaca, tan desabrida, tan orejona, dijo. Qué lástima que nació mujer, dijo papá, Qué lástima que nació enferma, dijo el médico que ignoraba que nacer prieta es como nacer enferma, es volver a tejer una relación con tu cuerpo deforme y débil que se enfrenta a la muerte hasta que tu lengua de serpiente logre despertar.

A la prieta le dijeron que mantuviera las piernas cerradas, a mi que estaba desahuciada y que escondiera mi enfermedad. Su castigo por haber nacido fue un trapo doblado en sus pantaletas para ocultar su secreto negro. El mío mantener cerrada la boca porque las mujeres no hablan, porque las niñas escuchan a sus mayores, porque no puedes opinar de lo que nunca en tu vida vas a entender. A la prieta le amarraron con una faja de algodón los senos para que las criaturas de la escuela no la pensaran rara. A mi me untaron cremas y ungüentos, me llevaron al brujo, me pasaron huevos alrededor del cuerpo y me retacaron de medicinas para quitarme las manchas de la piel y que los demás no me vieran monstrua. Entonces yo no sabía que era una cacto, solo que el único lugar habitable era el no pertenecer.

“En los ojos de los demás —escribe Gloria (2011)—, me vi reflejada como algo raro, anormal, curiosa. […] Durante todo el tiempo que crecía me sentía como si no fuera de este mundo”[2], y es exactamente así como nosotras, las cientos de miles de mujeres que vivimos con Lupus, nos sentimos: diestras en este Mundo Zurdo. A ella el doctor le dijo que tenía rastros de esquimal, a nosotras que tenemos huellas de lobo y que mordemos.

Por eso, cuando la doctora Coco Gutiérrez Magallanes me la presentó y se dijo neplantlera frente a mí, me deslumbró y amé a Gloria y me dije, como se dijo ella:

Una mujer está enterrada debajo de mí, sepultada por siglos, supuesta muerta. Oigo su suave murmullo la escofina de su piel pergamino combatiendo los pliegues de su mortaja. Sus ojos por agujas picadas sus párpados, dos polillas aleteando.[3]

Hoy, que desarrollo una investigación sobre el discurso autobiográfico de mujeres consideradas enfermas como yo,[4] aleteo, pero no soy polilla, soy mariposa. Busco en sus voces esas contranarrativas (Mallón, 2012), para entender que por cada frontera, hay un puente, una puenta, una mujer etiquetada como anormal también; para comprender que el lenguaje es la balsa por donde puede cruzar la persona enferma, la diagnosticada como inútil, imposibilitada para cumplir con el canon de madre-esposa-multitasking que se le asignó al nacer. Las mujeres enfermas de lupus llevamos cargando segundos nombres que nos duelen: lúpicas, lobas, engendros; calvas, locas, artríticas, guerreras, bestias como las iguanas y los camaleones, por eso cambiamos de color. Andamos con identidades fragmentadas (De Fina, 2018), quebradas de las almas y del cuerpo, no sabemos aún que podemos ser Coatliuces y tomar nuestros propios dolores, sentir rabia, gritar. Enroscadas como serpientes que salen del canasto para entretener a otros, no brincamos como debería hacerlo nuestro corazón-frijol. Pero, ¿cómo no romper nuestro designio habiendo leído a Gloria? Hoy, que tengo la fortuna de analizar los relatos en primera persona de todas esas mujeres, puedo ver que Gloria tenía razón: no hay que tener miedo.

Muchas mujeres han puesto en mi su historia que reviso desde hace siete años, cuando como a ellas me detectaron “la mancha oscura en las nalgas”. Intento buscar, como ella, un discurso que recoja las heridas infringidas en nuestro yo, para entender que se nos violenta simbólicamente (Bourdieu, 1989) desde la everyday violence (Scheper-Huges, 1988), a partir de la nominalización que nos desterritorializa y nos convierte en exiliadas del deber ser.

Hoy me pregunto porque la lengua de la mujer enferma es menor, ¿o será que no ha logrado encontrar el justo volumen a su voz, el valor exacto de su presencia en este mundo?

En estos tiempos de pandemia la filosofía de Gloria es relevante para nosotras pues hemos sido eso desde hace mucho: pandémicas, diferentes, migrantes de la normalidad, por eso, su obra ayuda a que a las raras nos salgan espinas bien filosas. Ahora en el encierro, gracias a ella nos hemos tenido que preguntar, mientras lavábamos los trastes con las manos ardorosas como carbones: ¿Hasta cuándo y cómo vamos a hablar fuerte? ¿Hasta cuando veremos nuestras largas garras? Gracias a Gloria le digo a mis hermanas lúpicas: ya no más enterrarnos en la arena con los lagartos ni de escondernos como ratas. Si hemos podido vivir sin agua y cazar conejos con los coyotes, podemos también ser flor de nopal, alcanzar nidos de pájaros y desenterrar raíces de la memoria con nuestro hocico.[5]

Nojémonos —diría Gloria (1987)—escupamos sangre de los ojos como el lagarto cornudo. Aún enfermas hagamos dunas y luego, volemos como el viento nomás.

Gracias, Gloria, nunca te conocí pero me habitas. Hoy que escribo de ti sé que quiero ser puenta.


*Texto leído en el evento: 2020 TIEMPOS NEPANTLA. Recordando la vida, conocimiento y obra de Gloria Evangelina Anzaldúa (1942-2004) el 26 de septiembre de 2020. Evento organizado por el Tecnológico de Monterrey, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Universidad Nacional Autónoma de México, Sociedad de los Estudios de la Vida y Obra de Gloria Anzaldúa y Universidad de Trinity, USA.

Referencias:

Bourdieu, Pierre. (1989). Social space and symbolic power. Sociological Theory, 7(1), 14-25. American Sociological Association. doi: 10.2307/202060. Disponible en: https://www.jstor.org/stable/202060.

De Fina, Anna (2009). Identidad grupal, narrativa y autorrepresentaciones. En C. Curcó y M. Ezcurdia (Comps.), Discurso, Identidad y Cultura. Perspectivas filosóficas y discursivas. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Mallon, Florencia E. (2012). Decolonizing Native Histories. Collaboration, Knowledge, and Language in the Americas. Durham: Duke University Press. Project MUSE. Recuperado el 30 de marzo de 2019, de: https://muse.jhu.edu/.

Scheper-Huges, Nancy (1988). The madness of hunger: sickness, delirium, and human needs. Cult Med Psych 12,429–458 (1988). https://doi.org/10.1007/BF00054497.

[1] Inspirado en La Prieta, Anzaldúa, G., Castillo, A., & Alarcón, N. (2001).

[2] Anzaldúa, G., Castillo, A., & Alarcón, N. (2001). La prieta. Debate feminista24, 129-141.

[3]A Woman Lies Buried Under Me”. (Anzaldúa, 1989: 167).

[4] Contranarrativas ante la violencia discursiva: Actos reconstitutivos de las personas con lupus. Laura Isabel Athié Juárez. Directora: Dra. María Cristina Manzano Munguía. Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”. Doctorado en Ciencias del Lenguaje. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. 

[5] Inspirado en Mujer Cacto (Audio), Anzaldúa, Gloria. Borderlands/La Frontera: The New Mestiza. San Francisco: Spinsters/Aunt Lute Book Company, 1987. Disponible en: https://voca.arizona.edu/readings-list/417/687.

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