Diarios, cartas y luminosos libros de recuerdos

Diarios, cartas y luminosos libros de recuerdos

En alguna parte anotó Kafka que la vida sólo ocurre de verdad cuando se escribe. Por ello, el diario es la memoria, el futuro y la incertidumbre. Del laberinto del diario personal hablará la poeta Marisol Robles durante la sesión 9 del diplomado en Memoria y Discursos Autobiográficos. A propósito de este tema, hoy hablamos de la escritura testimonial.

Cuando todo se ha perdido o se perderá, es decir, cuando lo único que queda es la certeza de la desaparición, sólo se es dueño de la memoria. Legar lo vivido, lo anhelado, lo perdido y lo sufrido es, en ocasiones, el único ajuste de cuentas posible con la vida. Nacen entonces los libros de recuerdos, esos esfuerzos por asentar lo que la cotidianidad diluyó.

De esos diarios tardíos y desesperados escribe Henning Mankell (1948-2015) en Moriré pero mi memoria sobrevivirá. Una reflexión personal sobre el sida (Tusquets, 2008). A caballo entre el ensayo y la crónica, el autor de la saga literaria del inspector Kurt Wallander viaja a Uganda para atestiguar los estragos causados por el síndrome de inmunodeficiencia adquirida en África. “Digo África, pero África es la suma de muchísimas regiones. Algunos países de ese continente son tan vastos como toda Europa del Este. No hay una África única, es un continente con muchas caras”, asienta el escritor sueco que también fue director del Teatro Nacional Avenida de Maputo, en Mozambique.

Entre sueños, conversaciones, recuento de temores y resignaciones brutales, Mankell da cuenta de las muchas muertes que siguen a la pérdida de un familiar. Por ejemplo, la de la infancia. Mientras la pequeña Aida siembra un árbol de mango y lo custodia como símbolo de vida, Christine, su madre sufre los efectos del sida y trata de seguir dando clases para mantener sus pequeños ingresos y alimentar a la familia de dieciséis integrantes. Como explica Christine, cuando ella muera las obligaciones familiares serán responsabilidad de Aida, “ella tendrá que convertirse en la madre de sus hermanos”.

La enfermedad es también una cuestión económica, como evalúa la misma Christine: “Las medicinas que controlan el sida cuestan exactamente el doble de lo que yo gano al mes. Claro que uno puede preguntarse si es que las medicinas son muy caras o si yo gano demasiado poco. Pero la respuesta es obvia. Siempre he podido mantener a mi familia con mi sueldo, por bajo que sea. Pero ese dinero no es suficiente para protegerme de la muerte”.

Es en casos como el de Christine, los libros de recuerdos se convierten en el único eslabón de futuro. En el testimonio de las alegrías que lograron florecer en el territorio de la muerte.

Así lo resume Mankell: “Esos libros, esos pequeños cuadernos con fotografías pegadas en sus páginas y con textos escritos por personas que apenas dominan el alfabeto, podrían convertirse en los documentos más importantes de nuestro tiempo. Cuando todos los informes, protocolos, cálculos financieros, antologías poéticas, obras de teatro, fórmulas matemáticas para la creación de robots, programas informáticos, en suma, cuando todo lo que conforma nuestras vidas y nuestra historia se haya olvidado, tal vez esos libritos, esos recuerdos dejados por personas que murieron demasiado pronto, constituyan el documento más importante de nuestro tiempo”.

Palabras para contar que una persona llora, ríe o huele a ajo; imágenes para mostrar la relación vital con la geografía: “un ser humano ante una fachada o con una plantación de bananas de fondo”.

Porque los libros de recuerdos tratan de eso: “de que los niños puedan ‘ver’ a sus padres, aunque estos hayan fallecido. El recuerdo de unas manos conservado en lo más hondo de su ser; palabras y voces que sólo vagamente pueden rememorar, como algo remoto, surgido de un sueño”.

Pero, como asienta el autor sueco, los libros de recuerdos “deberían ser totalmente inútiles. El principal objetivo de los libros de recuerdos debería ser contribuir a que, un día, dejen de ser necesarios. Nadie debe verse obligado a morir de sida y antes de tiempo. […] Pese a todo, tendrán que escribirse millones de esos libros de recuerdos. Y, naturalmente, todo el mundo debe tener derecho a hacerlo. Ningún niño abandonado, viva en un pequeño pueblo de Kampala, de China o de la India, debe llegar a la edad adulta y verse limitado por el hecho de no saber nada de sus padres. No saber nada, salvo que murieron de sida”.

En LEM sabemos que en esos libros de recuerdos también permanece la postura existencial del que se despide. Como la del hombre que le cuenta todo a sus nietos para que ellos le ayuden con la escritura del libro, pero él pone su firma y unas palabras: “vivan siempre con honradez y trabajen duro”.

¿Escribes diarios o recuerdos que deseas convertir en un libro? ¿Te gustaría transformar tus relatos en productos para tus familiares y seres queridos? ¿Quieres encontrar la manera de que tus registros diarísticos o tus memorias sirvan a otras y a otros? El diplomado en Memoria y Discursos Autobiográficos es para ti.

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Esta columna fue publicada en El Popular (24.12.2018).

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